¿Has notado que cuando dejas de moverte empiezas como a entumirte? Alguna vez un médico me dijo que lo que se inmoviliza se atrofia y eso puede llegar a ser doloroso.
Si alguna vez te han puesto un yeso, ya sabes de lo que hablo. Cuando llega el día en que te lo quitan seguramente piensas que vas a salir caminando como si nada hubiera pasado. Pero resulta que tu pie no responde como esperabas. Necesitas tiempo para recuperar la movilidad y, en ocasiones, hasta algunas sesiones de terapia para volver a ponerlo en marcha.
Necesitamos permanecer en movimiento porque estamos vivos. Todo lo que tiene vida necesita espacio para desarrollarse, crecer y renovarse.
Hace algunos años tenía un dolor crónico en la espalda. Cada vez que intentaba hacer ejercicio, el dolor volvía y yo ya estaba resignándome a vivir con él, cuando decidí comenzar con ejercicios de estiramiento para ver si lograba algún cambio positivo. Poco a poco, tratando de respetar los límites de mi cuerpo, fui descubriendo algo: había zonas que tenía verdaderamente atrofiadas. A-tro-fia-das.
Tuve que ir ganando territorio un paso a la vez, hasta que logré moverme sin dolor.
Es normal que intentemos proteger o limitar aquellas cosas que nos duelen. El problema aparece cuando esa protección se vuelve permanente. Si dejamos de movernos por miedo a volver a sentir dolor, podemos terminar perdiendo la capacidad de hacerlo libremente. Y no solamente eso: también limitamos nuestro desarrollo.
Hace unos días descubrí otra área de mi vida que se había atrofiado...
Te cuento que a mí me gusta mucho leer. El asunto es que, sin darme cuenta, fui adquiriendo el hábito de leer solamente libros que me instruyeran o de ser posible que me quitaran lo burra sobre los temas con los que trabajo. Y aunque seguía leyendo, había perdido el gusto por hacerlo. Era como si a mis lecturas les hubieran quitado la sal.
Me exigí tanto leer para aprender, informarme y aprovechar mejor mi tiempo que poco a poco perdí el interés.
Por supuesto, mi primera reacción fue buscar artículos que me explicaran por qué ya no disfrutaba leer o que me dieran consejos para hacer más eficiente mi tiempo de lectura. Porque pensaba que se me había descompuesto algo y... ¡faltaba más! Había que resolver el problema de manera productiva.
Pero entonces, en una llamada telefónica con mi hija, entendí algo muy sencillo: Lo que me estaba pasando era que ya no estaba leyendo lo que me gustaba leer.
Por exigirme tanto, había perdido la flexibilidad.
Esta manía de convertirnos en lo que creemos que debemos ser, de forzarnos tanto para cumplir con nuestras propias expectativas, sin respetar en absoluto a quienes verdaderamente somos, puede terminar quitándonos el espacio que necesitamos para renovarnos. Poco a poco perdemos movilidad y hasta las cosas que antes disfrutábamos se convierten en obligaciones.
Algo tan sencillo como leer había dejado de ser un placer para convertirse en una tarea más de mi lista de pendientes.
Romanos 12:2 nos invita a ser transformados renovando nuestra manera pensar. Y quizá parte de esa renovación comienza cuando dejamos de vivir bajo la obligación de cumplir con todas nuestras propias expectativas y recuperamos la libertad de disfrutar aquello que también nos hace bien.
¿Qué cosas que disfrutas tienes esperándote? Tal vez necesitas darte permiso para volver a ellas. Para descansar, jugar, explorar, aprender o simplemente hacer algo sin tener que obtener un resultado.
Es importante que tengas espacio para hacer más de lo que te inspira, te renueva y te permite descansar.
Ya vimos que la inmovilidad puede afectarnos en lo físico y también en lo emocional. Ahora llevemos esta idea al ámbito espiritual.
Jesús compara al Espíritu con el viento y dice que no sabemos de dónde viene ni a dónde va (Juan 3:8). Esa es una imagen increíble. El Espíritu no se deja encerrar en nuestros esquemas, tampoco podemos reducir su movimiento a lo que somos capaces de comprender o anticipar. A veces queremos entenderlo todo, ponerlo en una caja, establecer cómo debe actuar y hasta predecir lo que hará. Pero olvidamos que estamos hablando de alguien vivo y que además da vida. Él es el que pone en marcha todo lo que toca y nos invita a movernos con él, por eso (entre otras cosas) encontramos libertad cuando lo seguimos.
Cuando Jesús dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6), no está simplemente enumerando sus títulos, aunque son impresionantes. Está haciendo una invitación: Podemos caminar con Él, vivir en su verdad y experimentar la vida plena que quiere para nosotros.
No se trata de cumplir con una lista interminable de obligaciones religiosas, sino de vivir una relación que nos deja conocerlo más, nos transforma y nos hace crecer.
No conviertas tu vida espiritual en una obligación tan rígida que termines olvidándote de vivirla. Jesús habló de una vida abundante, y tener vida abundante significa precisamente que podemos disfrutarla.
Así que quizá vale la pena preguntarnos: ¿en qué áreas he dejado de moverme? ¿Qué cosas he convertido en obligaciones cuando antes me hacían feliz? ¿Dónde necesito recuperar un poco de flexibilidad?
Te dejo un abrazo enorme
Val Morales

Qué a gusto leerte. Escribes con una frescura muy grata. Gracias por compartir tu experiencia y exhortarnos a hacer cosas que nos den felicidad. Inclusive a veces olvidamos los juegos porque somos adultos. Pero es lindo sacar a jugar al niño o a la niña de vez en cuando . Dios te bendiga Val.
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